Una historia de rugby
Cada año Por estas fechas, tiempo de Seis Naciones, me acerco al campo de La Foixarda a ejecutar una ceremonia. Me coloco sobre la línea de marca más alejada, con mi vieja camiseta con el número 14 en una mano y una antología de Tennyson en la otra: miro hacia lo alto, hacia el extremo de los palos del ingoal… y leo los versos de “La carga de la brigada ligera”
…Media legua, media legua, media legua adelante,
En el valle de la muerte.
Cabalgaban los seiscientos (…)
O, the wild charge they made.
Luego agarro un poco de tierra y hierba y aspiro el olor a gloria. Procuro que no me vea nadie. El rugby, gran deporte, Barry John, Lescarboura, la Santboiana, yo mismo. Siempre que me preguntan por que fui jugador de rugby contesto que por miedo. Tenía miedo de ser un cobarde. Era como el Harry Feversham de Las cuatro plumas, necesitaba probar de que pasta estaba hecho. Me apunté a la sección de rugby del Club Natación Barcelona porque me quedaba más cerca que Jartum. Los compañeros eran gente estupenda. Muy grandes y fuertes. Poseían músculos donde yo ignoraba que existiesen. Nos entrenábamos en el viejo estadio de Montjuich y allí dábamos vueltas y vueltas al trote. Componíamos una horda abigarrada envuelta en efluvios de sudor de la que brotaba una melopea de jadeos, toses y escupitajos, punteada por sonoras ventosidades.
Todo era viril y rudo, con bromas cariñosas estilo “anoche me cogi a tu hermana”. Me hacía pensar en Homero y Carlyle. Me dieron el puesto de wing porque corría mucho. La verdad, yo corría para huir y es cierto que resultaba difícil pescarme. Cogía el balón, ponía la mente en blanco y me iba directo hacía el infinito. Resulto que esa era, exactamente, la misión del tres cuartos. Sobretodo si corría en la dirección adecuada. Empecé a jugar partidos. Un partido de rugby no se parece a nada. A nada deportivo.
Es como una guerra tribal. En el vestuario no hay efusiones alegres. Se reparten las camisetas a los que van a jugar como si se distribuyesen armas ante un ataque mohawk. Flota en el aire un aroma de linimento Sloane y Reflex. No hay otro perfume tan embriagador -aun hoy, a veces, me unto todo yo en casa para recordar- Al salir hacia el campo, los botines con tapones altos metálicos resuenan como grebas de bronce de una tropa de hoplitas. Miras al rival evaluando sus fuerzas y procurando amedrentarlo con tu aspecto, ¡uh! Los del BUC ejecutaban un remedo de la danza guerrera de los All Blacks.
El instante antes de que empiece el partido es inenarrable. Ahí delante hay 15 tipos que van a ir a por ti sin misericordia. Viví muchas experiencias impagables en los campos de rugby (y en los bares del Tercer Tiempo). En Montjuich estuve a punto de morir ahogado: llovía a mares: cometí el error de involucrarme en un scrum, caí y 16 delanteros se desplomaron sobre mí Con la cara hundida en el barro pasé un minuto interminable hasta que me sacaron de la pila de cuerpos, boqueando. Me dijeron que no parecía humano.
En un partido de exhibición – de ellos- contra un equipo de los Pumas Argentinos un pilar de 2 metros y cien kilos se escapó. Sólo yo me interponía entre él y el try. El suelo parecía temblar: eran mis piernas. Oí a Conrad: “El hombre nació cobarde, es una dificultad”. Pensé en apartarme, siempre me quedará Patusan. Pero no me aparte, no señor. El choque fue terrible. El Puma me partió una muela con la rodilla. Pero cayó como un gran telamón, con un gran estrépito sobre el áspero polvo.Yo iba de heroicidad en heroicidad, de castaña en castaña. Y llegó el día. Fue en la Fuxarda, el Twickenam local. Contra el Cornellá.
Ya había hecho un par de placajes. Vi que el Gatito, nuestro medio scrum, se escapaba y me fui tras él. En el momento en el que le placaban grité y con un hermoso giro mientras caía me pasó la guinda. La atrapé alargando las manos y lo apreté contra mi regazo, notando el tacto del cuero, las costuras, el aroma. Corrí como nunca he vuelto a hacerlo, oía cuerpos caer a mi espalda. Cruce la línea de 22. Y de repente vi la línea de marca. Blanca, alcanzable. Salté. E hice el try. La hierba estaba fresca, la tierra húmeda. Oí el silbato del árbitro y el grito del equipo. Lo había hecho.Hace mucho que dejé el rugby activo. Me ha quedado el impulso de tirarme a las piernas de la gente y una avidez irracional por las formas ovaladas.
El coraje… bien, ser capaz de que te rompan la boca y traspasar una línea en el suelo quizás no pruebe nada. pero, me digo, yo estuve allí y lo hice. Y cuando llega el tiempo del Seis Naciones y el viento trae un atisbo de primavera vuelvo a sentir la llamada de la Foixarda y de la gloria: “¡’Oh, que salvaje carga hicieron!”.
Nota: Articulo publicado en el Periodico de Cataluya el 22 de marzo de 1996.
Autor: Jacinto Antón













































