Emoción en la montaña
Un inolvidable partido en el Valle de las Lágrimas, el lugar donde el grupo de rugbiers uruguayos sobrevivió al accidente aéreo de 1972. Rugby Sin Fronteras es una fundación que intenta comunicar los valores de este deporte en todo el mundo, con un espíritu solidario e integrador.
Juan Isidro Ulloa, baquiano de Malargüe y nuestro experto guía, nos explicó con su buen humor de hombre sencillo de campo que llegar hasta el Valle de las Lágrimas es un viaje arduo, hay que tomarlo con sumo respeto y seriedad, ya que los ríos, la montaña, los precipicios y lidiar con el brío de los caballos no son tareas fáciles y cualquier error puede significar una terrible lesión o incluso la muerte.
Mientras ascendíamos en caravana a través de la Cordillera, vimos a lo lejos lo que Gustavo Zerbino, uno de los sobrevivientes del accidente aéreo de 1972, nos describió como “los tres gendarmes”, unos picos de roca en la cima de la montaña donde el avión chocó antes de partirse a la mitad, matando a varios de sus mejores amigos y compañeros de equipo. Todos oímos en profundo silencio el durísimo relato acerca de cómo la simple casualidad o tal vez, el capricho del destino, de cambiarle su asiento a un amigo momentos antes del accidente, lo salvó de ser uno más entre los compañeros que reposan enterrados en el valle.
La fundación Rugby Sin Fronteras (RSF) organizó un partido a 3200 metros sobre el nivel del mar en honor a aquellos rugbiers uruguayos que fallecieron en los Andes. Participaron 50 personas, entre ellos Hernán Rouco Oliva, representante latinoamericano de la International Rugby Board (IRB), empresarios, ex jugadores, Gustavo Zerbino y el intendente de la localidad mendocina de Malargüe, Juan Antonio Aulle.
Luego de cinco horas de ascenso a caballo, llegamos al lugar del campamento, un valle de pastos duros y tumultuosos ríos de aguas heladas. Allí, Juan Bautista Segonds, presidente de RSF, dio la consigna de armar la cancha en la que se jugaría el solemne partido. “El rugby es un deporte de compañerismo, de ayuda mutua y de corazón -dijo Segonds-. Poniendo cada uno su grano de arena y un pedazo de corazón vamos a hacer realidad este hito de jugar un partido en un lugar extremo, en homenaje al legado de los que ya no están”, concluyó entre los emocionados aplausos de todos los presentes, soldados del ejército argentino y periodistas de la cadena O Globo, de Brasil.
A las nueve de la mañana del día siguiente, cuando el sol ya había despejado un poco el frío intenso de la noche, los 40 jugadores vestidos con las camisetas conmemorativas se prepararon para disputar el partido que no pudo llevarse a cabo 39 años atrás. Gustavo Zerbino, entre lágrimas, les regaló a sus compañeros fallecidos aquel encuentro. Sonó el pitido para anunciar el kick off y con él, comenzó un partido en el cual en cada pase, ruck, maul y tackle se sintió una energía intensa: el raudo aire no impidió los sprints de algunos, el suelo de roca dura tampoco logró aplacar el tackle de otros. El partido terminó con un merecido empate y la ovación de todos los presentes. Por primera vez en el mundo se había jugado al rugby en una montaña a más de 3000 metros.
Al terminar el partido, todos montamos nuestros caballos y emprendimos el viaje hasta el lugar donde reposan el fuselaje del avión y el monumento a los caídos. Fue el segundo ascenso de cinco horas a través de la montaña, en el cual hasta los más valientes pensaron que aquello era una locura. Cuando por fin llegamos al destino, a 3800 metros de altura, al ver la monotonía del paisaje, el terreno casi imposible y la facilidad con la que se pierde todo sentido de ubicación, comprendimos en forma empírica por qué se llama “el milagro de los Andes” a la supervivencia de aquellos 16 jóvenes.
Ya entre los restos del avión, el Farichild Hiller FH-227 del fatídico vuelo 571, el rugbier y sacerdote Cristian Cabrini celebró una emotiva misa. Gustavo Zerbino, conmovido, decidió dejar el premio que la IRB le había concedido en 2006 a su equipo, el Old Christians de 1972, por el espíritu del rugby, además de tirar allí tierra y agua uruguayas para que sus compañeros se sientan en casa. Todos los presentes colaboramos tomando rocas del valle y depositándolas entre las decenas de cruces, epitafios, banderas y ofrendas, para reforzar la última morada de aquellos que perdieron la vida allí.
El descenso, ya con el sol cubierto tras los Andes y el frío helado apoderándose nuestras espaldas fue, pese a la dificultad del terreno, más rápido. Con bastante más confianza sobre las monturas, espoleamos a los caballos hasta el campamento, en donde los baqueanos nos esperaban con chivitos a las brasas y vino tinto. Luego de la cena, bajo el increíble manto de estrellas, todos levantamos las copas, nos miramos en silencio, sucios y cansados, y honramos la memoria de aquellos que nos inspiraban desde las montañas.
Por Leandro Milán
Para LA NACION









































